He pecado en esta vida, he pecado y he sido castigado. Juque con fuego, le pedí a los dioses belleza física para complacer a mi amada, pero como me equivoque.
Los dioses me tacharon de vanidoso y soberbio. Recibí un castigo ejemplar de parte de los disgustados y asqueados dioses por mí vana solicitud. Amaría por siempre a la misma mujer, aquella que ya amaba, sin ser yo amado por ella.
He tenido muchas relaciones desde entonces, algunas para complacer mis necesidades románticas, otras para mis necesidades carnales, pero en ninguna he amado. Nunca he ni dejare de amar únicamente a la mujer, causa de mis desdichos. Mi castigo, cuando lo único que pedía a los dioses era un mejor físico para servirle mejor.
Puede que no estemos juntos, pero siempre la procurare desde mi distancia, siempre serviré para ella, aunque ella no vea que soy yo quien tienda la mano espiritual en cada momento de necesidad.