En Hamiltown toda la gente rezaba al dios Sol, era una religión monoteísta y básicamente su estilo de vida se basaba en sus creencias y sus rituales. Dedicaban las cosechas, sacrificaban parte de sus alimentos, todo en honor al Sol que cada mañana, poderoso, infaltable, sale por el horizonte para proteger y alimentar a Hamiltown.
Había quienes incluso ayunaban y se alimentaban por las mañanas con tan solo rayos de Sol, decían las personas de Hamiltown que era mejor que el alimento solido que proveía la tierra. En resumen eran muy devotos, mas existía un viejo culto, uno ya muy olvidado pero sobretodo prohibido. Se trataba de la alabanza de los dioses ciegos y sordos.
Alabar a dioses ciegos y sordos es bastante ridículo, quien le pide a aquellos que no escuchan tus plegarias, que no te pueden ver. Sin embargo existió un grupo de personas que les oraban y con su simple fe confiaban en la protección y la provisión de sus dioses.
Gustav era un joven. El nunca siguió a la sociedad, no porque fuera rebelde sin causa o un buscapleitos, sino porque simplemente no entendía a la gente de Hamiltown. Nunca se sintió del todo humano, pues había muchas cosas que lo diferenciaban de las demás personas que conocía, entre ellos, gustos, habilidades y formas de pensar.
Gustav era muy solitario y no contaba con muchos amigos, mas sin embargo, a los pocos que tenía, los amaba con todo su corazón. Era un amigo muy devoto y muy cariñoso y ahora lo que mas quería era amor. Era tan noble y sentimental, que muchas mujeres no se fijaban en el y quienes lo hacían, se desesperaban o se aprovechaban de el.
Un día, caminando en el monte que se localizaba al oeste de Hamiltown, Gustav tropezó con una piedra y cayó entre los arbustos. Encontró una protuberancia en la tierra y su curiosidad lo obligó a cavar e investigar. Se trataba de unas placas de cobre, con letras labradas en ellas. Gustav las llevó a su casa y las leyó ahí.
Esas tablas hablaban de los dioses sordos y mudos, dioses con los que te conectas no con plegarias, sino con rituales y con tu esencia. Gustav sintió miedo de tener las placas, pues esos rituales eran fuertemente prohibidos y mal vistos por Hamiltown. Pero mientras más leía y más aprendía, más se interesaba por aquella devoción.
Aprendió un pequeño ritual, uno para conseguir amor y como se encontraba necesitado, decidió intentarlo. Simplemente tuvo que pronunciar ruidos guturales y cortarse cada dedo de la mano, mientras que con la mente invocaba a los dioses y pensaba en su deseo.
Rápidamente Gustav se comprometió con una de las doncellas más bellas del pueblo, era amable, tierna y una excelente compañera. Fue tan exitosa su plegaria, que no pudo investigar más sobre esta extraña devoción.
Buscó en bibliotecas, recogió todo lo que encontró sobre el tema, aprendió de memoria todos los rituales y sacrificios, releyendo todo una y otra vez. Incluso hablaba con los sacerdotes del dios Sol, preguntándoles sobre los dioses ciegos, pidiéndoles les explicará, el porque era mala esa devoción.
Todo listo estuvo una madrugada, cuando Gustav al monte se dirigió. Entró a una cueva y en el piso colocó todos los fetiches que llevaba. Estaba muy bien preparado, realizaría algo que había planeado y pensado por mucho tiempo. Llevaba mucho tiempo con los dioses sordos y ciegos, creciendo día a día junto a ellos.
Se quitó la playera, se abrió una profunda herida en el corazón, se unto menjurges olorosos y comenzó a pronunciar aquellos tétricos sonidos guturales que cambiaban la frecuencia de su energía vital.
Sintió fuertemente la presencia de sus dioses, todos se hallaban con el, lo rodeaban, lo tocaban, lo penetraban. El amanecer se aproximaba, el Sol estaba listo para salir, pero mucha sería su sorpresa al encontrar un ser tan poderoso, tan malvado, por tantos dioses respaldados, que la devoción de sus queridos habitantes de Hamiltown se encontraría por siempre afectada y quebrajada.

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