El viejo Ernesto
El viejo Ernesto regresaba de su trabajo diario, era el director de la pequeña escuela de su aldea, su casa, a las afueras del pueblo, cerca del bosque, lo esperaba cálidamente para que este continuara con su rutinal día.
Limpiaba su casa, la mantenía siempre limpia y ordenada, durante sus tiempos libres, observaba el retrato de su amada Dulcinea quien se adelanto a el al descanso eterno. Eran ya las seis de la tarde, hora de salir a dar una vuelta por el centro del pueblo, ahí veía todos los puestos de vendedores, regateaba con los artesanos y al final simplemente se sentaba para ver a la gente. Veía a los jóvenes, a los señores atareados, las hojas que caían debido a los efectos del otoño, veía a los novios enamorados y la belleza que estos emanaban con los tonos naranjo amarillenta de paisaje otoñal.
Regresaba a su casa y se preparaba un té negro que lentamente tomaba mientras leia el periódico, mientras reflexionaba y recordaba. Había tenido una vida variada, aunque no necesariamente larga, vivió en varias situaciones, pero siempre trabajo e hizo lo posible por sacar adelante a su amada Dulcinea y a sus dos hijos quienes ya vivían sus vidas propias. Gustaba de su estilo de vida, tranquilo y rutinario, el siempre fue de gustos de serenidad y tranquilidad pues de ese modo apaciguaban los demonios de su muerte.
Ahora en el ocaso de su vida, la luz de su alma se iba terminando, no era infeliz pero la luz que iluminaba su corazón se iba extinguiendo poco a poco.
Un día, el viejo Ernesto lo preparó todo, se acostó en su cama, se preparo para disfrutar la ultima aurea de luz, la ultima ración de calor emanada por su llama interna. Dentro de la misma tranquilidad en la que vivió los últimos días de su vida, espero hasta que la liguera llama finalmente se extinguió.
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