Había una vez una bailarina llamada Inés, la más bella y agraciada bailarina de todas. Tenía un espíritu puro y carácter accesible. Sus dotes artísticos y sus encantadores bailes le permitieron pertenecer a la mejor compañía de ballet, siendo ella una de las mejores bailarinas. Su belleza y encanto causaban la admiración de todos, los hombres se enamoraban de ella convirtiéndola en un ídolo del mundo del ballet.
Había entre todos sus admiradores uno que la amaba incluso más que los demás, se trataba de un herrero llamado Nemo, era de la misma edad de Inés y en cuanto a belleza, este no le quedaba muy atrás a la bailarina. Nemo ahorraba dinero para poder ir la mayor cantidad de veces al ballet y así ver a Inés, la veía bailando, seduciendo, haciendo soñar a todos los espectadores, pero sobre todo, a Nemo, quien soñaba poder dar un baile con ella, aunque sea uno, tenerla entre sus brazos y danzar fundiendo sus almas, sus corazones.
Nemo decidió invitar a Inés a un jardín abandonado que se estaba junto al teatro, en su taller Nemo le escribió una carta con un poema y la invitación para que se vieran a la medianoche en la entrada del jardín abandonado, aunque un poco chamuscado el papel, debido a los hornos, este decidió entregarle así la carta a su amada.
Cuando le llegaron las acostumbradas cartas de admiradores a Inés, esta le presto interés a una sobre las demás, a una carta chamuscada que al leerla la dejo atónitamente encantada. La belleza del poema y la sinceridad que emanaban esas palabras la hicieron aceptar la invitación nocturna.
Era la medianoche e Inés halló a Nemo en las oxidadas rejas del jardín, sosteniendo unas rosas rojas, regalo para ella. Platicaron e inmediatamente sintieron una gran conexión. Se la pasaron toda la madrugada jugando, platicando, pero sobre todo bailando, bailando al ritmo de su imaginaria y secreta melodía, creando ellos un baile secreto que solo ellos conocerían. Entre una ligera neblina y bajo la luz de una luna llena, aparecieron mágicamente unas luciérnagas que volaban junto con ellos, al igual que pequeñas mariposas azules que parecían emanar luz de igual manera que las luciérnagas. Dando así un aspecto melancólicamente bello al jardín abandonado, marchito y oxidado.
Al acercarse el amanecer y tener que marcharse, Inés le regalo un rubí rojo labrado en forma de corazón, siempre lo traía colgado del cuello pues era un regalo que la misma reina le hizo en una presentación de ballet. Nemo al no tener que darle a cambio, le dio una llave que había hecho esa mañana, que curiosamente semejaba la forma de un corazón.
Sus visitas nocturnas continuaron durante un mes, donde realizaban su baile secreto, hasta que lamentablemente la compañía de Inés se mudo a otra ciudad en otro país y los dos amantes quedaron por siempre separados. Ambos quedaron devastados, soñando día y noche con el otro, con su baile. Hasta que una mañana, el 4 de octubre, día del cumpleaños de Inés, esta encontró que la llave que le había dado su amado se había fusionado con su rubí. De igual manera Nemo halló el rubí de Inés ahora con una mitad de su vieja llave. De esa forma no solo en sueños recordarían el romance que tuvo la gran bailarina con el pobre herrero, recordarían el baile secreto, la melodía imaginaria y la sensación de ensueño, todo lo recordarían con tan solo mirar el corazón mitad, rubí precioso, mitad hierro corriente.
(dedicado a mi sobrina Inés quien acaba de nacer)
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